Ante mi llanto, Rodri le preguntó a su mamá si era normal que me siguiera doliendo. 10 minutos después venían por mí para llevarme a otro médico. 1 hora y media después me decían que tenían que operarme y ponerme clavos en la mano. El yeso estaba mal puesto y por la forma de la fractura, nunca habría funcionado.
- Ahora me cuesta más el mercado. Como no puedo cocinar lo que tradicionalmente hago, he terminado comprando lasañas ya preparadas, toneladas de enlatados y nuggets de pollo en cantidades industriales (son baratos, fáciles de calentar o preparar y no requiero mucha motricidad para dominarlos).
- He tenido que comprar más shampoo porque mientras aprendía a echármelo sin usar las dos manos, me gasté más de la cuenta, razón por la cual mi pelo se vio espantoso varios días.
- Voy a tener que pagarle extra a la empleada de la casa por venir más de una vez a la semana a lavar los platos, ayudarme a cortar naranjas, abrir botellas (aunque ya soy experta haciéndolo con la boca), bajarme cosas, etc.
- 45 pesos (que pronto serán 90) por cortarme las uñas de una mano. Además ahora pasa que mis uñas derechas crecen más lentamente que las de la izquierda, aparentemente mi cuerpo no es bueno para el multitasking y le cuesta curar el hueso y hacer uñas al mismo tiempo.
Pero…
La razón por la que decidí escribir esto no la tengo muy clara. Por un lado quería mostrar como el sistema de salud de acá, al igual que el de Colombia aísla y margina a los enfermos. Más allá de si me fue bien o mal en Médica Sur, la realidad es que incluso teniendo seguro médico, he tenido que pagar cantidades absurdas de dinero.
Pero además, quería narrar como algo tan simple como la fractura del radio del brazo derecho, llega a afectar la vida en todos los niveles. Desde cómo y qué se come hasta qué ropa me pongo (no pude usar unos jeans las primeras 2 semanas porque no podía abotonarlos). Y como, mi tan anhelada y valorada independencia, se desapareció. He aprendido a ser paciente, a no amargarme porque tengo que pedirle a los otros que hagan cosas por mí, a asumir que mi mundo no se va a acabar porque no me puedo arrancar un pellejo ni lavar mis propios calzones.
Afortunadamente en todo este proceso encontré a la maravillosa familia Pérez Hurtado, a quienes les debo todo. Me han llevado a la clínica, se han levantado los domingos temprano, han cambiado sus rutinas para estar conmigo, me han consolado y me rescataron cuando no sabía qué hacer. Jamás pensé encontraría personas así.
Y claro, también han estado los de siempre. Mi papá que me ha dado todo, mi familia, mis amigos. Los que están lejos llamando y escribiendo. Y los que están cerca que me han cuidado, han venido hasta mi casa a acompañarme. Es un lugar común decir que en los malos momentos uno se da cuenta de quién realmente está con uno. Pero es cierto. Y ha sido increíble, darme cuenta de que los que están, están de verdad.
Y mi mamá. La única persona para quien puedo decir, esto ha sido más difícil y doloroso que para mí. Que se ha gastado lo que no tiene llamándome al celular, que me ha dejado desahogarme, putear al mundo y que al final, me ha recordado que esto es solo un momento y que también pasará.